miércoles, 3 de febrero de 2016

DAVANT LA MAR. CITA DE JOSEP PLA.




"Davant de la mar, un queda sempre amb un pam de nas. La mar és impintable, indescriptible, inaferrable, incomprensible i d'una indiferència total." 


                                                                                         El quadern gris. Josep Pla

domingo, 31 de enero de 2016

LA ÚLTIMA VEZ

Mañana me levantaré y caminaré.

Reflexiono sobre la idea de que llegará un día en que lo haré por última vez. Será la última vez que  mis pulmones se hinchen para respirar. Habrá un último latido, un último grito mudo en el silencio oscuro. Habrá una última vez para los gestos suaves de amor que les dedico a mis hijos antes de irme a dormir. Unas últimas gotas de ternura. Será una última noche que me inundará un sueño sin reglas.

Nada importarán aquellos antiguos anhelos de conquistar lo absoluto a través del sentimiento más puro ni los innumerables gestos de generosidad inocente. De nada servirán aquellos lejanos deseos de llevarse el mundo por delante y de ser invencible en el definitivo abordaje. El tiempo y la nada se fundirán en el abismo, y nada servirá de nada.

Hemos adquirido esa extraña capacidad que nos lleva a imaginar nuestra propia aniquilación. Por eso se creó la fe a la que puede uno aferrarse, aunque puede que no sea suficiente, o puede que no se tenga. De cualquier manera, la certeza de que no hay solución crea una angustia que destroza el alma. Ese es el principal tema. El único drama.

Mañana me levantaré y caminaré, y caminaré erguido, pero esta tragedia de fondo seguirá en mi mochila durante el resto del viaje. Hasta que empuje mis lágrimas hacia dentro por última vez.


miércoles, 6 de enero de 2016

HACE 80 AÑOS

Mi abuelo era, en 1936, chófer de autobús en una pequeña localidad de la provincia de Castellón. Una noche de finales del mes de julio llamaron inesperadamente a la puerta de su casa, debía realizar un trabajo del que nada sabía. Resultó ser el transporte de una columna militar a Teruel. Con las prisas, olvidó encima de la mesilla su reloj de pulsera, que no sería testigo del tiempo robado. Tenía un hijo de seis años y su mujer estaba embarazada de cinco meses. No conocería a su hija, mi madre, hasta pasados casi tres años cuando regresó a su casa al finalizar la guerra. Desconozco los detalles, pero sé que la muerte le rondó muy cerca.

En estos días reflexiono sobre el instinto de supervivencia que lo mantuvo vivo y en las solitarias noches en las que pensaría en el futuro de su hija que no vería nacer. Noches de terror y de frío intenso. Carreteras llenas de cadáveres y de odio. Me imagino su desesperación por poderse reencontrar con su familia y poder disfrutar de la sonrisa de sus hijos de los que no sabía nada. Pienso en su valentía para enfrentarse a una violencia descomunal, a una tragedia sin límites,  y en la suerte que le permitió salir indemne de los muchos tiros y los muchos muertos que rozaron sus ojos.  La incertidumbre de cada noche por saber si sobreviviría al día siguiente,  al siguiente mes. Su angustiada esperanza de retornar a un ambiente familiar tranquilo, y a su antiguo trabajo al volante de un autobús sin que las balas llenen de agujeros su vehículo.

Tenía fama de ser un hombre rudo y  áspero, pero  que contrastaba con la inmensa ternura y complacencia que mostraba hacia sus hijos y sus nietos y que yo todavía recuerdo. Mi madre no cuenta ningún episodio en que no predomine su carácter servicial y generoso con los suyos. Como si proteger a los suyos fuera la principal lección que aprendió de su desgarradora experiencia en la guerra.

Por otra parte, mi abuela parió en el interior de una cueva. Mi madre pasó sus primeros meses de vida rodeada de miedo, de hambre y de bombas hasta que mi abuela se la llevó,  junto a su otro hijo y a su propia abuela  a un pueblo más seguro, cerca de Valencia. Llevaba dos pesetas encima. Lograron sobrevivir todos y reencontrarse al final de la contienda en una casa convertida en escombros.

Todos los que sobrevivieron a aquella guerra desearían para sus nietos y bisnietos el clima de sosiego y de paz que hemos vivido en las últimas décadas y que su fracaso sirviera para evitar que se volviera a producir aquel odio entre vecinos. Cada noche, antes de acostarme,  hago una visita a los rostros serenos de mis hijos en el confort de su cama y aprecio el enorme valor de la tranquilidad de la que disfruto. Para mis abuelos esta sencilla rutina de cada noche debió ser la máxima expresión de la felicidad.

Existe una corriente ininterrumpida de información genética entre mis antepasados y mis descendientes.  Pero también existe un fino hilo de memoria que guarda el amor protector y las lágrimas derramadas y se extiende desde aquellas personas que se agarraron a la vida en unas condiciones tan extremas hasta el sueño reposado de mis niños ochenta años después.

sábado, 19 de diciembre de 2015

HACE 40 AÑOS. Y... FELIZ NAVIDAD

Era  una España con una única cadena de televisión, en blanco y negro donde Iñigo y su Directíssimo era lo más visto. El Rey Juan Carlos daría su primer mensaje en la Nochebuena de ese año. Ya estaban los siempre presentes Julio Iglesias, Raphael, Nino Bravo y Camilo Sesto, junto con los grupos Fórmula V o Los Diablos. Sergio y Estibaliz actuaron en Eurovisión y el imperturbable Georgie Dann ya bailaba el Bimbó. En fútbol estaba Cruyff, PIrri o Claramunt. En otros deportes Eddy Merck, Orantes, o Ángel Nieto.  

Se fumaba Ducados, que no creo que costara más de 15 pesetas, aunque después apareció el Fortuna, con lo que el rubio se hizo accesible para algunos, que no llegaban para el genuino sabor americano de Winston. Los adultos llenaban los bares de una espesa niebla de humo y bebían cognac, Veterano o Soberano. Se jugaba a dominó o a las cartas. Algunos bares olían a puros y a café. Otros a bocadillo de sepia. En todos había máquinas de bolas, con un duro dos partidas si no recuerdo mal, pero todavía no habían llegado las tragaperras. Los preadolescentes ya vestíamos vaqueros, los que podían, Lewis; los más mayores también la  pana y la campana y vestidos floreados para ellas. Las señoras mayores vestían de negro y escuchaban “Simplemente María” en la radio de las largas tardes de verano. Los niños, con pantalón corto prácticamente todo el año, seguían cantando con Los payasos de la tele. Heidi, Marco y Pippi Calzaslargas no andarían muy lejos. Ir al cine costaba 3 duros y aún emitían el NODO, con una voz inconfundible. Triunfaba Tiburón de Spielberg y en nuestro país comenzaba la moda del destape con actrices como Amparo Muñoz, Nadiuska, o la bellísima Ornella Muti, mi actriz preferida de aquella época sin ninguna duda, de la que estaba enamorado.
  
En esta España de hace 40 años, yo era un niño feliz que ya no creía en los reyes magos pero mantenía intacta la inocencia que me hacia vulnerable a los anuncios de televisión, especialmente a los navideños. Turrones que volvían a casa cada navidad, muñecas que se dirigían al portal con cariño y amistad, bebidas que ofrecían mensajes de paz al mundo entero, o las famosas  burbujas que te deseaban feliz navidad y próspero año nuevo. En aquel tiempo fue posible que un grupo cantara aquello de Viva la gente y que una preciosa niña a la que no conocía  me deseara Felices Fiestas en medio de una fría calle y se me quedara grabado para siempre en mi memoria. Un futuro lleno de excitantes paraísos me esperaban cuando abandonara la niñez y estas fechas de finales de año representaban perfectamente mis mejores e inocentes sueños.

Pasó lo que tenía que pasar, pero recuerdo con infinita ternura el niño que fui. Y recuerdo el entusiasmo que sentí en la fiesta de aquel último día escolar previo a las vacaciones navideñas donde el colegio se convirtió en el ambiente perfecto para intensificar las relaciones sociales con amigos y participar en juegos que mi timidez había impedido hacerlo hasta entonces. Por esos años, sólo en estas fechas se te permitía disfrutar de las noches que se alargaban hasta los churros con chocolate de la  madrugada. Además, las navidades implicaban unas vacaciones escolares que te permitían más horas de juegos y más tiempo rodeado de un ambiente familiar entrañable. La banda sonora de villancicos, el invariable sonido del sorteo de lotería  y toda la simbología navideña han permanecido en mi memoria rodeados de nostalgia y sentimientos de concordia y generosidad. Y nada de esto tiene que ver con mis creencias religiosas.


No se sientan presionados socialmente; no compren y no coman más de lo que les apetezca y puedan; no se enfaden ni culpen de todo al capitalismo y no se cabreen con los grandes almacenes; disfruten con la gente que quieren y cuéntenles ficciones agradables a los niños junto al fuego. Mi opinión sobre el género humano se ablanda por unos días y falta que le hace. Ya sé que cuesta encontrar motivos para la alegría, y pueden resultar una autentica ñoñeria estos esfuerzos artificiales. Pero ahora que  tengo hijos y sé que si ellos son felices yo también lo soy, intento rodearles de aquel aroma de mi infancia que a mí me hizo feliz. Por eso les deseo que pasen una feliz navidad. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

¿POR QUÉ?

La teoría de la evolución por selección natural abrió la luz que nos permitió entender la extraordinaria diversidad de seres vivos que pueblan nuestro planeta. A partir de esta sólida base,  la psicología evolucionista trata de explicar el comportamiento y los sentimientos humanos como respuestas adaptativas a su entorno de hace unos millones de años.  Por su parte, la neurociencia está abriendo el cerebro buscando una respuesta a los enigmas que han inundado la filosofía desde sus orígenes. No parece que ahí dentro haya nada más que neuronas y una compleja maquinaria bioquímica.  Sin embargo, continúa el misterio, continúa allí, en lo más hondo. ¿Por qué?

Por otro lado, la mecánica cuántica está buscando universos paralelos y dimensiones que a nuestra mente le cuesta intuir.  Puede que se realicen en un futuro viajes  interestelares que en la actualidad no podemos ni imaginar. Puede que la ciencia del futuro sea capaz de desentrañar la última esencia de la materia  que existe en el Universo y  entender el significado del tiempo, el mayor de los enigmas. Puede que también  descubra muchos secretos del funcionamiento cerebral que hoy nos parecen inabordables. Pero…  puede que siga ahí la pregunta: ¿por qué?

¿Por qué surgió en la evolución un cerebro que ha tenido que soportar cantidades infinitas de sufrimiento y de angustia a lo largo de su corta historia evolutiva? ¿Por qué apareció la mente, capaz de preguntarse por el sentido de la vida, si es que lo tiene? ¿Por qué la ciencia es capaz de encontrar leyes que describen el funcionamiento del mundo, no solo del que es capaz de percibir a través de los sentidos y le resulta útil para su supervivencia, sino del mundo subatómico y del intergaláctico? ¿Era necesaria la aparición de nuestra especie en nuestro pequeño planeta para posteriormente desaparecer en la inmensidad de un cosmos oscuro y ciego? ¿Son preguntas pertinentes  para una mente como la del Homo Sapiens de inicios del siglo XXI? ¿Existen misterios insondables que trascienden a nuestra capacidad de conocer?

Aspiramos a entender el Universo y sus reglas sobre el espacio y el tiempo para dominarlo con la tecnología. Pero también intentamos conectar con los dioses para mejorar y alargar nuestro paso por aquí. Acudimos a un Dios para soportar la ansiedad que supone abrir los ojos a un mundo hostil en el que la crueldad y el horror que ha tenido que sufrir la humanidad han sido, a menudo, provocadas por los hombres. Y, a pesar de todo, también el hombre es capaz de inventar futuros esperanzadores, soñar paraísos prósperos y dichosos y aferrarse al anhelo de felicidad.


Pero… ¿por qué?

sábado, 21 de noviembre de 2015

EN CASA

Desde la televisión y desde mi ordenador llegan noticias para el desánimo, pero no dejo que éstas perturben el ambiente que tengo reservado para mis hijos. Ahí fuera pueden estar pasando cosas terribles e inciertas, pero en casa tengo dos criaturas que destierran el desasosiego y facilitan que nuestro sitio permanezca limpio y sano.
Sus risas me ablandan el rostro. Sus gritos me arrastran hacia la alegría. Sus caricias me provocan la sonrisa más pura. Sus besos despiertan toda la ternura que llevo dentro. Sus juegos no me permiten estar triste ni cansado. Sus dibujos me invitan a inventar cuentos con final feliz. Su presencia me impide ser infeliz.
Es mi compromiso ofrecerles un espacio donde se sientan seguros y queridos, y que sobre esta base construyan su autoestima y su fortaleza en el futuro. Puede que el mundo no esté viviendo su mejor momento, o puede que solamente sea una guerra más. Puede que no corran buenos tiempos para nuestra civilización o simplemente sea una exageración de mi cerebro asustado. Pero el interior de mi casa no puede estar contaminado y el infinito amor que les tengo me obliga a no fallarles. No ahora.

viernes, 23 de octubre de 2015

DESDE QUE TUVE USO DE RAZÓN...

El film “Uno de los nuestros” (1990) de Martin Scorsese tiene uno de los arranques más potentes que yo haya visto en el cine. Mientras aparecen los títulos de crédito, se intercala una brutal secuencia con los principales protagonistas en una oscura carretera. Una voz en off nos aclara -"Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gangster”-, Tony Bennett inicia la banda sonora, también extraordinaria, y la voz en off nos explica sus inicios adolescentes en una banda mafiosa.





Otro film importante del siglo pasado es Amarcord (1973) del cual también recuerdo una graciosa escena donde un pariente de la familia protagonista, recién salido del manicomio, se sube a un árbol y grita desesperadamente “Voglio una donna” (Quiero una mujer). El hombre apedrea a cada familiar que intenta subir al árbol para que recupere la cordura. Pero el loco repite, cada vez con más fuerza y convencimiento, su firme petición.






No sé por qué razón han venido a mi mente estos dos momentos de cine tan dispares. Puede que se deba a que mi inconsciente me proponga el juego de cruzar ambas frases quedando una sugerente “Desde que tuve uso de razón siempre quise una mujer”. O mejor aun “Desde que tuve uso de razón siempre quise a una mujer”, que muchas veces era una de las bellas protagonistas de las numerosas películas que he visto desde que tuve uso de razón.